A continuacion os muestro un pequeño articulo sobre un reloj que tengo y los sentimientos que provoca en mí.
En ocasiones me siento y miro un pequeño reloj que tengo en mi cuarto, es un reloj viejo y desgastado, me lo regaló mi difunto abuelo cuando no tendría más de 7 u 8 años, es el tipico casio que todos hemos tenido, lo conservo lo mejor que puedo ya que es mi único recuerdo de él, pero siempre que lo miro mi alma se queda en blanco. Miro como pasa segundo tras segundo, como el tiempo fluye a través de él pasando inexorable, sin que nada lo impida. Todas mis preocupaciones todos mis sentimientos chocan contra ese pequeño reloj, pero ni aún asi consiguen que ese segundero se pare. Entonces me doy cuenta de lo superfluo que es todo. Cualquier problema, cualquier sensacion, cualquier sentimiento deja de tener importancia, nada de lo que haga podrá hacer que ese reloj pare su marcha.
Cuando estoy perdido, cuando no estoy seguro de mi mismo, cuando siento como mi vida se desmorona a mi alrededor cuando me acusa la soledad tan solo puedo agarrarme a ese pequeño salvavidas y observar como segundo a segundo todo deja de tener importancia. Sin embargo, este pequeño no es la panacea, no … Es una espada de doble filo, absorve mis miedos pero me los devuelve de una forma bastante ironica. Pequeño demonio que absorve mis miedos, mis penas por ser observador imparable del tiempo; me recuerda sutilmente, que ningun problema hará mella en él, ningun problema, pero ningun logro tampoco.
Da igual lo que haga, el tiempo pasará y yo nada podré hacer. Me ronronea al oido cuan dulce es el placer que le reporta el vanagloriarse de su poder. Es el amo y señor de la historia, ni mis acciones ni mis problemas podran nunca tener sentido pues el es Dios y sabe que yo nunca seré nada a su lado, lo unico que podré hacer es observar como los segundos van pasando, poco a poco, de uno en uno, en este pequeño regalo del cielo. Mi salvacion y mi mayor conden, un pequeño aparato que seguirá funcionando día tras día,hora tras hora y segundo tras segundo arrastrandome inexorablemente a esa voragine que llamamos tiempo, hasta que un día, cuando menos me lo espere, se le acaben las pilas.








